Se multiplicó el número de suicidios desde que Javier Milei asumió la presidencia
En Argentina se registra un suicidio cada dos horas. Se trata de la causa de muerte que superó a los homicidios y a los siniestros viales.
El país se enfrenta a un drama social de proporciones inéditas. El suicidio se consolidó en el último tiempo como el principal factor de muerte violenta en Argentina, superando en magnitud a los siniestros viales y, por primera vez, duplicando con creces a los homicidios. Este fenómeno hasta hace poco se consideraba una causa secundaria de fallecimiento.
Los números del último registro nacional completo del año pasado son contundentes e incontrastables. Los suicidios en 2024 alcanzaron la cifra de 4.249, un récord que choca dramáticamente con otras causas de decesos violentos. En el mismo período, las muertes por siniestros viales se ubicaron en aproximadamente 3.800, mientras que los homicidios dolosos (intencionales) no superaron las 1.700. En una comparación que sacude, la cantidad de personas que se quitan la vida es más del doble que las víctimas de homicidio, y casi una tercera parte superior a la suma de las muertes por accidentes de tránsito y crímenes intencionales.
La magnitud del problema se dimensiona, además, en su frecuencia desgarradora. En Argentina, el drama ocurre a un ritmo constante y silencioso: una persona se suicida cada dos horas. A este dato se suma la cruda realidad de los intentos, ya que, por cada suicidio consumado, otras dos personas lo intentan sin conseguirlo en el mismo lapso de dos horas. Se trata de una epidemia de desesperanza que avanza sin freno y que, a diferencia de otras tragedias, se libra mayoritariamente en la oscuridad de la vida privada.
Históricamente, la curva de los suicidios en Argentina fue en alza desde mediados de la década del 80 (cuando se profundizaron los datos al respecto) pero la tendencia de crecimiento en el último año muestra una aceleración preocupante. Un primer gran quiebre se detectó entre 2010 y 2012, un período que disparó los indicadores de salud mental. Lejos de una causa puramente económica, esta crisis coincidió con la masificación de los smartphones, la cámara frontal y los «likes», fenómenos tecnológicos que impusieron un modelo de vida exitoso y aspiracional que, al volverse inalcanzable para muchos, actuó como un potente factor de dislocación social.
El aumento dramático en el país se da en un contexto de paradoja global. Históricamente, países desarrollados ostentaban una tasa de suicidio un 50% mayor a la argentina (10.5 por cada 100.000 habitantes contra 7.5 alrededor del año 2000). Sin embargo, mientras la tendencia mundial se ha revertido —gracias a la toma de conciencia y la implementación de políticas estatales de prevención—, la curva argentina siguió subiendo, al punto de haber cruzado la línea del resto del mundo entre 2023 y 2024. De continuar esta inercia, Argentina corre el serio riesgo de pasar a ser uno de los diez países con la incidencia y el riesgo suicida más alto del planeta.
El escenario actual es definido como un verdadero «cóctel explosivo». Por un lado, el continuo y acelerado deterioro económico y social, que se suma a problemas recurrentes desde 2015, agota la resiliencia de la población. Por el otro, el discurso que promueve el individualismo y el modelo de «sálvese quien pueda» —fomentado desde esferas gubernamentales— choca de frente con la constante exposición digital a modelos de éxito cada vez más lejanos. El resultado es una sensación de fracaso magnificada en un mundo percibido como poblado por «exitosos».
Este panorama desolador se agrava con el factor decisivo de la retirada estatal en la asistencia psicológica. La analogía es contundente y trágica: el aumento de los suicidios es como un barco que, en medio de una tormenta económica creciente, muestra un quiebre estructural (la exposición a las redes sociales) y, justo cuando más necesita auxilio, el faro de la asistencia pública se apaga. Mientras los «barcos vecinos» (el resto del mundo) han encendido sus luces de prevención para reducir sus incidentes, Argentina navega hacia una ruta solitaria y peligrosa que exige una respuesta de emergencia y la reactivación inmediata de políticas públicas en salud mental.


