Empleo juvenil en Bahía Blanca: brechas y precariedad

Un informe exhaustivo analiza la situación estructural del trabajo en el distrito, revelando el impacto de la desigualdad económica, el peso de la informalidad y las barreras para acceder a empleos de calidad.

El mercado de trabajo en el aglomerado de Bahía Blanca-Cerri presenta un escenario complejo, desigual y profundamente desafiante para los jóvenes de entre 18 y 29 años. Así se desprende de la última nota de investigación publicada en el Boletín de Estadísticas Laborales, un documento elaborado por el Departamento de Economía de la UNS y el IIESS (CONICET). El estudio, fundamentado en una serie de datos que abarca desde 2003 hasta 2025, traza un diagnóstico estructural de largo plazo y confirma que la falta de oportunidades, la precarización y las brechas de ingresos configuran una realidad inalterable para la juventud local.

El perfil del joven bahiense y el peso del estudio

Uno de los primeros rasgos distintivos que arroja el análisis poblacional es la alta proporción de estudiantes laboralmente inactivos radicados en la ciudad. En Bahía Blanca, el 29% de los jóvenes se dedica exclusivamente a su formación académica, una cifra que supera con holgura el 21% registrado en el promedio urbano nacional.

Esta sobrerrepresentación del sector estudiantil logra compensar estadísticamente la menor inserción en el mercado de trabajo. De este modo, al sumar a los jóvenes que estudian con aquellos que trabajan, la ciudad alcanza un 86% de ocupación en esta franja etaria, un porcentaje idéntico al del resto del país. Sin embargo, detrás de esta paridad superficial, el informe expone severas dificultades estructurales para quienes necesitan generar ingresos.

La realidad «ni-ni» y la búsqueda activa de oportunidades

El fenómeno de la población que no estudia ni trabaja alcanza al 13% de los jóvenes bahienses. No obstante, los investigadores advierten que si se excluye a las «amas de casa» (por tratarse de tareas de cuidado no remuneradas), la cifra de jóvenes marginados del sistema educativo y laboral trepa a un preocupante 20%.

El dato más revelador del documento desmitifica la idea del desaliento juvenil. La abrumadora mayoría de estos jóvenes (10% sobre un total del 13% de «ni-nis») se encuentra buscando empleo de manera activa, figurando en las estadísticas como desocupados, mientras que apenas un 2% reviste la categoría de inactivos puros.

Este comportamiento contrasta radicalmente con lo que ocurre en la población de 30 a 65 años. Entre los adultos que no trabajan, predomina ampliamente la inactividad (8%) por sobre la desocupación (4%), un fenómeno asociado al desaliento tras reiterados fracasos en el mercado laboral. En los jóvenes, por el contrario, la vocación de insertarse está intacta, pero chocan de frente contra la escasez de demanda por parte de los empleadores locales.

Inserción precaria y la sombra de la informalidad

Cuando los jóvenes bahienses logran traspasar la barrera de la desocupación, se enfrentan a un panorama dominado por la precariedad y la falta de garantías. Apenas el 24% de los jóvenes de entre 18 y 29 años accede a un puesto asalariado formal. En contraste, en la franja adulta de 30 a 65 años, la formalidad alcanza al 40%.

La informalidad laboral, entendida como el empleo sin descuentos jubilatorios ni cobertura social, castiga con especial dureza a las nuevas generaciones. El porcentaje de jóvenes en puestos informales llega al 20%, una cifra que casi empata la cantidad de empleos en blanco. Entre los adultos, la ecuación es muy diferente: los puestos formales (40%) duplican con creces a los informales (14%).

Asimismo, el informe destaca que los jóvenes apuntan insistentemente al mercado asalariado y se ven forzados a aceptar condiciones precarias, mostrando una propensión mucho menor al cuentapropismo (apenas un 7%) en comparación con los mayores (19%).

La desigualdad económica como barrera determinante

El análisis se vuelve aún más crudo al cruzar la situación laboral con el nivel de ingresos de los hogares. El boletín estratificó a los jóvenes activos en tres niveles (bajo, medio y alto) y demostró que las dificultades de inserción están inversamente relacionadas con el poder adquisitivo: a menor ingreso, mayor exclusión.

En los sectores de ingresos bajos, la tasa de desocupación juvenil se dispara hasta un alarmante 21%. En la otra cara de la moneda, los jóvenes provenientes de hogares con ingresos altos experimentan una desocupación de apenas el 6%.

Estas brechas socioeconómicas adquieren magnitudes notables al evaluar la calidad del trabajo obtenido. El 58% de los jóvenes de sectores acomodados logra acceder a un empleo asalariado formal, triplicando las oportunidades de sus pares de los estratos más bajos, donde la formalidad apenas rasguña el 19%. Consecuentemente, el empleo informal es el destino principal para el 31% de los jóvenes de bajos recursos, frente al 22% de los sectores altos.

Tareas de cuidado y desocupación oculta

Finalmente, el documento echa luz sobre la distribución de las tareas domésticas no remuneradas. En el nivel de ingresos bajos, un 16% de las jóvenes recae en la categoría de «amas de casa», frente a un exiguo 3% en los niveles de ingresos altos.

Lejos de responder exclusivamente a patrones de organización familiar, los especialistas interpretan este elevado porcentaje en los sectores vulnerables como una forma de «desocupación oculta». Es decir, representa una manifestación directa de la falta de acceso a empleos remunerados por parte de los hogares más castigados de la ciudad, empujando a los jóvenes a la inactividad económica dentro de sus propios domicilios.