Tendrás que volver/aprender a amar…en la era de internet
Por Andrea Natalia Melo (Licenciada en Sociología)
Existe un tema en particular que me apasiona hace años y es el avance de la ciencia y la tecnología con su natural impacto en la subjetividad y las relaciones sociales. Es cierto que se ha hablado mucho sobre esta cuestión hace décadas pero también hay cada vez más urgencia en el hecho de advertir los daños colaterales que no podemos evidenciar con la rapidez que se dan las innovaciones hasta el punto de parecer fuera de nuestro control. Siendo precisa, lo que más me interesa es su abordaje desde tres aristas: el control social difuso de Internet y afines, la liquidez del amor y el análisis generacional sobre todo en lo que respecta a los recientes mitos. En esta humilde entrega vamos a profundizar entonces, sobre el primer aspecto de interés sin dejar de lado los demás. Y veremos, veremos si el lector atento acompaña esta reflexión para seguir escribiendo al respecto.
Por un lado, debemos advertir que el llamado “progreso social” no es más ni menos que una lógica colectiva basada en la voluntad humana inter-generacional. Somos algo así como una raza que mantiene un contrato social trascendental, dedicado a proteger el futuro sus y nietos, aunque dicho deseo este siendo utilizado, hace tiempo, por fines o intereses contrarios, tan destructivos en si mismos hasta el punto de reducir esa posibilidad a uno pocos. Asimismo, y al respecto, algunos autores coinciden con que, en la actualidad, experimentamos una gran aceleración tecnológica que a su vez aumenta el ritmo del cambio social, para finalmente, producir más aceleración técnica, una que, va de suyo, como seres humanos no estamos aptos para asimilar tan vertiginosamente. Sentimos que no llegamos a tiempo para reflexionar sobre sus usos e impacto y-o que nada podemos controlar al respecto. Un dato no menor nos puede servir de ejemplo: basta observar las revoluciones industriales del siglo 18 y 19, como muestra de que su instauración demoró décadas en términos de aplicación mundial, sin embargo, lleva solo «13 años la adopción del Smartphone a escala global».
Así, hemos contextualizado el tema que nos compete y desarrollaremos mas: el autor del libro “Internet no es lo que parece”, establece que las redes sociales como Facebook, Instagram y Tik Tock “distan de fortalecer el tejido social y acortar las distancias del mundo”. Al contrario toda la red informática mundial puede describirse en 4 características básicas: Internet es adictiva (generadora de una “crisis de atención”) e incompatible, por ende, con nuestra libertad. En segundo lugar, señala que los algoritmos nos moldean de modo que se empobrece la realización humana como tal, disminuyendo nuestro potencial en varios aspectos. En tercer lugar, denuncia la nula supervisión democrática de su funcionamiento. Por último, su labor como dispositivo de vigilancia universal no tiene precedentes.
Parafraseando un poco mas a Smith, quien repasa una serie de problemas asociados con la economía planetaria, tendríamos que advertir un visión de Internet como motor de la misma a través de la obtención de nuestra información o, dicho de otro modo, de la explotación de nuestra privacidad, de la captación continua de nuestra atención por medio de la gratificación con dopamina y del paso de la utilidad a la obligatoriedad, en términos de su uso abusivo. Todo esto se puede resumir y poner más oscuro si nos permitimos aceptar que todo (hábitos y deberes) se encuentran concentrados en un solo dispositivo, el teléfono celular, uno que va cambiando nuestra realidad social, desdibujando al mismo tiempo, lo que es real y lo que es virtual, así como lo que es publicidad y lo que no lo es, etcétera, etcétera.
Decía al comienzo que el AMOR es otro tema crucial que tiene afinidad con esta era acelerada, pues, abundan los “memes” y comentarios acerca de “lo difícil que es mantener una relación de pareja en armonía y con entusiasmo”. No es que en otras épocas esto haya sido menos complicado, pero, sin dudas, lo efímero se ha vuelto la moda del momento, hasta que así, “solo es digno de nuestro amor lo que nos satisface las necesidades del momento” (Leoncini, 2022:21). No hay dudas, para quien tiene entre tres y cuatro décadas, reconocer que, en muchos casos, entramos inmaduros al amor, que nuestras primeras experiencias amorosas tienen muchos errores. Pero estas fallas, si somos capaces de darnos el tiempo e internalizarlas, también nos hacen crecer y, pueden permitirnos hacerlo distinto la próxima vez. Aunque no me detendré en ello, sino: en la fragilidad de los vínculos, en su conversión con el imaginario individualista, en el miedo a amar por el temor o rechazo al sufrimiento y al fracaso (como si estos no fueran parte intrínseca e inevitable del vivir). ¡Es muy loco!: al mismo tiempo que hay miedo de morir se evitan experiencias vitales. Así las cosas, esa aceleración de la que hablábamos al comienzo, atravesó los vínculos amorosos, y es difícil no ser víctima de tal situación; se desdibuja el concepto de confianza, se busca amar lo que se desea como un capricho más o lo que es peor se masifica “el amor toxico [como muestra de] nuestro deseo de caer, de morir, de abandonarlo todo” que está ligado a nuestra pulsión de destrucción. Relaciones de bolsillo, que escapan al compromiso, evasión de sentimientos compartidos, desencuentros…razonable en una era en la que pasamos de ser productores a consumidores; nos hicimos expertos en desechar en lugar de enfocarnos en producir y reparar.
Finalmente, en “El mito de las generaciones”, se advierte como los estereotipos sobre los millennials (y demás), quedan absolutamente desmitificados por la mirada sociológica, cabe señalar que los limites que se establecen para su definición, son altamente arbitrarios. ¿Quiénes, de los que han realizado innumerables papers al respecto, eluden que por generación se entiende ni mas ni menos que una identidad común formada a partir de experiencias comunes y a menudo traumáticas, en lugar de presentarse como el mero hecho de nacer en un año determinado o la banal reducción de la población a franjas etarias con un supuesto puñado de características y comportamientos en común? (Duffy, 2022:17). Sobre los distintos grupos sociales etiquetados superficialmente en base a similitudes y diferencias fabricadas, se esconde el marketing que coloniza a esta era, para variar; ahora tanto la crítica o el supuesto enfrentamiento entre los más jóvenes y los adultos, es poco novedoso, al mismo tiempo que lo es la generosidad entre estos grupos sociales diversos.
Sin ánimo de esquivar un mayor desarrollo, los invito a leer el siguiente artículo donde se ampliará. ¿Podrá empatizar un poco más el lector, con mi apasionamiento en relación al impacto que tiene este fenómeno en nuestras subjetividades y nuestras relaciones sociales? Existe teoría que manifiesta la siguiente reflexión: sin atención no hay conciencia, sin conciencia se pierde el sentido de nuestra existencia, este es el riesgo mayor cuando la primera “se limita, canaliza [y] redirige artificialmente con fines de lucro” (Smith, 2023: 17). Lejos de querer estimular un sentimiento de desesperanza, me interesa incentivar su capacidad de autodisciplina, pues: estoy convencida de que en cuanto a lo social, no existe una totalidad acabada, entiendo que siempre hay grietas por donde penetran los rayos de luz, y creo especialmente en la particularísima humanidad; no solo porque su organismo es una maquina maravillosamente perfecta, sino porque apuesto a que ningún dilema debe ser visto como uno tan tremendo que no podamos superarlo. Al menos eso elijo creer. Pero claro que para concretarlo hay que actuar en consecuencia.
TU VIDA PRIVADA NO EXISTE,
DESAPARECIO COMO LOS DINOSAURIOS, LOS BESOS, LOS ABRAZOS Y EL AMOR…
EL MUNDO ME REPUGNA Y A VECES ME REPUGNO YO,
HABRÁ QUE VOLVER A AMAR
TENDREMOS QUE APRENDER /VOLVER AMAR” (Fito Paez)



